miércoles, 23 de marzo de 2011

Qué cotidiano puede ser un día, tanto, que aburre.
Tanto, que es imposible no olvidar lo que acabas de hacer hace sólo diez minutos.
Y tener que preocuparte por las fracciones de matemáticas, y solucionar un agotador trabajo de geografía, y buscar una información que seguramente no entiendas. Y cuando intentas limpiar, ordenar, sacudir y pulir tus ideas, y tratar de aclarar tu mente, no funciona.
Y llega ese momento en que te desesperas y empiezas a pensar en voz alta, intentando concentrarte, y en vez de eso piensas qué deberías hacer; y te distraes y mueves las piernas cruzadas de un lado a otro, deseando poder correr hacia el infinito y más allá de la tarea y las obligaciones. Y golpeteas el suelo con tu pie, creando ese sonido tan irritante.
Tac, tac, tac, tac.
¡Pero es que no puedes evitarlo!
El lápiz te pesa en la mano acalorada de escribir y finalmente te rindes, cuando te das cuenta de que un punzante dolor de cabeza te evita pensar con claridad. Te relajas, te levantas de la silla y te estiras.
Tu mente está bastante nublada, pero empiezas a odiar al mundo y a tí misma cuando recuerdas que esa tarea de geografía, y esas tropecientasmil fracciones son para mañana.
Maravilloso, piensas y te vuelves a sentar, turbada y con la mente en un lugar más, mucho más lejano que antes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario